Gigantes extintos: megafauna australiana

Canguros de dos metros de alto, ramoneadores del tamaño de rinocerontes, aves enormes incapaces de volar y un depredador que los mataba a todos. Así era la megafauna de Australia antes de la llegada de los humanos. Después, la mayoría de aquellos gigantes desapareció. ¿Los exterminó la última glaciación? ¿O los cazaron los humanos hasta acabar con ellos?

gigantes01. Parque Nacional Cradle Mountain-Lake Saint Clair, Tasmania

Parque Nacional Cradle Mountain-Lake Saint Clair, Tasmania

El paisaje de la megafauna prehistórica pervive en el Parque Nacional Cradle Mountain-Lake Saint Clair, en Tasmania.

FOTO: AMY TOENSING. nationalgeographic.com.

 

gigantes02. León marsupial - Thylacoleo carnifex

León marsupial – Thylacoleo carnifex

Depredador del tamaño de un leopardo, T. carnifex merodeaba por bosques abiertos y matorrales en busca de presas, entre las que quizá se encontraran los recién llegados humanos. Con un peso de hasta 160 kilos y una altura en la cruz de 75 centímetros, era el mamífero carnívoro más grande del continente, probablemente un as de la caza. Atacando por sorpresa desde la maleza, era capaz de abatir animales mucho más grandes que él, a los que atrapaba con unas garras afiladas como puñales y remataba con los grandes incisivos.

ILUSTRACIÓN: ADRIE Y ALFONS KENNIS. nationalgeographic.com.

 

gigantes03. Cuevas de Kelly Hill, isla Kangaroo

Cuevas de Kelly Hill, isla Kangaroo

Los guías del parque examinan unos sedimentos que albergan una gran abundancia de huesos en las cuevas de Kelly Hill, en la isla Kangaroo, tal vez uno de los últimos lugares donde sobrevivió la megafauna australiana.

FOTO: AMY TOENSING. nationalgeographic.com.

gigantes04. Canguro gigante de cara corta -  Procoptodon goliah

Canguro gigante de cara corta – Procoptodon goliah

Ningún canguro moderno puede levantar los brazos por encima de la cabeza y arrancar hojas de un árbol. Con unos dedos largos y provistos de uñas, y unas extremidades anteriores que podía extender hacia arriba, P. goliah, el mayor canguro que ha existido nunca, tenía el alimento asegurado en los bosques abiertos. Este marsupial de dos metros de altura, con pies similares a cascos, fue uno de los últimos integrantes de la megafauna en extinguirse. Coexistió con la especie humana durante miles de años y pudo inspirar las leyendas aborígenes sobre un canguro feroz de largos brazos.
ILUSTRACIÓN: ADRIE Y ALFONS KENNIS. nationalgeographic.com.

gigantes05. Dromornis stirtoni y Palorchestes painei

Dromornis stirtoni y Palorchestes painei

Pájaro del trueno de Stirton (en segundo plano) y tapir marsupial australiano (en primer plano)

D. Stirtoni, tal vez la mayor de las aves conocidas, no podía volar. Con tres metros de altura y 450 kilos de peso, pertenecía a una familia de aves gigantescas no voladoras, los dromornítidos. Ningún humano vio nunca a esta ave, que vivió hace unos ocho millones de años, a finales del mioceno, cuando Australia empezó a aridizarse.

«Destrozaárboles»: así describe el paleontólogo Tim Flannery a Palorchestes, marsupial del tamaño de una vaca que usaba las robustas extremidades, el hocico en forma de trompa y la lengua semejante a la de una jirafa para arrancar la corteza de los troncos y desenterrar raíces. Al principio los científicos confundieron sus dientes con los de un canguro gigante, pero sus parientes más cercanos son los uombats y los koalas.

ILUSTRACIÓN: ADRIE Y ALFONS KENNIS. nationalgeographic.com.

gigantes09. Uombat gigante - Diprotodon optatum

Uombat gigante – Diprotodon optatum

D. optatum, un coloso de andares pesados y del tamaño de un rinoceronte, es el mayor marsupial del que se tiene noticia. Los ejemplares más grandes tenían una altura de más de metro y medio en la cruz y tres metros de longitud. Sus patas peludas, robustas como pilares, soportaban tres toneladas de peso. Diprotodon ocupaba un nicho semejante al del elefante africano: se alimentaba de arbustos y bebía de las charcas. Por su gran tamaño y su escasa agilidad, debió de ser una presa tentadora para los leones marsupiales y los cazadores humanos.

ILUSTRACIÓN: ADRIE Y ALFONS KENNIS. nationalgeographic.com.

 

Las cuevas de Naracoorte se encuentran en las idílicas tierras de viñedos de Australia meridional, a cuatro horas de Adelaida por las carreteras solitarias que se dirigen al océano Austral, como lo llaman los australianos. Las vides prosperan en una tierra roja que recubre la piedra caliza porosa como si fuera el glaseado de un pastel. El paisaje es maravilloso, pero el terreno puede ser traicionero. Está sembrado de agujeros, muchos de los cuales no son más anchos que un velador, pero son profundos y se hunden en las más oscuras cavernas. Son como trampas, y en ocasiones se han tragado a más de un canguro que iba saltando de noche.

Un día de 1969, un buscador de fósiles novato llamado Rod Wells llegó a Naracoorte con la idea de explorar lo que entonces se conocía como la cueva Victoria. Era desde hacía tiempo una atracción turística, con peldaños, pasamanos y luz eléctrica. Pero Wells y otros seis compañeros se aventuraron más allá del recorrido turístico, abriéndose paso por pasadizos oscuros y estrechos. Cuando percibieron una reveladora brisa que soplaba a través de una pared de piedras, supieron que al otro lado había una cámara. Wells y otro miembro del grupo entraron reptando en la enorme caverna. El extenso suelo de tierra roja estaba sembrado de objetos extraños. A Wells le llevó apenas un instante comprender lo que eran: huesos, un montón de huesos.Víctimas de los pozos trampa, por todas partes.

La cueva de fósiles Victoria, como se la conoce en la actualidad, alberga los restos óseos de aproximadamente 45.000 animales. Algunos de los huesos más antiguos pertenecieron a criaturas mucho más grandes y temibles que cualquier in­­tegrante de la fauna australiana actual. Formaban parte de la antigua megafauna de Australia, unos animales enormes que habitaron esta gran isla durante el pleistoceno.

Tras dominar sus ecosistemas, la megafauna australiana entró en una vertiginosa espiral de extinciones

En yacimientos de todo el continente, los científicos han encontrado fósiles de una serpiente gigante, un ave descomunal no voladora, una especie de uombat del tamaño de un rinoceronte y un canguro de dos metros de altura, con la cara curiosamente achatada.También han aparecido restos de una criatura parecida a un tapir, de una bestia similar a un hipopótamo, y de un lagarto de seis metros de longitud que cazaba al acecho y se tragaba enteras a sus víctimas, hasta la última pluma. Después de dominar sus ecosistemas, la megafauna australiana entró en una vertiginosa espiral de extinciones en la que pereció prácticamente todo animal de más de 45 kilos de peso. ¿Qué fue, exactamente, lo que los mató?

Con los ríos de tinta que han corrido sobre la extinción de los dinosaurios, es asombroso que no se haya escrito más sobre la megafauna del pleistoceno, unas criaturas que, además de alcanzar un tamaño espectacular, convivieron con los seres humanos. Ningún humano prehistórico arrojó nunca una lanza contra un Tyrannosaurus rex, excepto en los tebeos. Pero nuestros antepasados cazaron mamuts y mastodontes.

La desaparición de la megafauna americana (mamuts, camellos, osos gigantes de cara corta, armadillos gigantes, alces-ciervos, gliptodontes, tigres de dientes de sable, lobos gigantes, perezosos terrestres gigantes y caballos, entre otros) se produjo hace unos 13.000 años, poco después de la llegada del hombre al continente. En la déca­­da de 1960, el paleoecólogo Paul Martin formuló la hipótesis de la Blitzkrieg, o «guerra relámpago». Según Martin, los humanos modernos hicieron estragos durante su expansión por América, porque sus lanzas con puntas de piedra aniquilaron a unos animales que nunca se habían enfrentado con un depredador tecnológico. Pero la espiral de extinciones no fue total. En América del Norte quedaron el ciervo, el berrendo, el oso negro y una variedad de bisonte pequeño, al tiempo que el oso pardo y los recién llegados alces y ua­­pitíes ampliaban su área de distribución. América del Sur conservó los jaguares y las llamas. En Australia, el animal terrestre más grande de la fauna autóctona actual es el canguro rojo.

Lo sucedido a la megafauna australiana es uno de los misterios paleontológicos más desconcertantes del planeta.

Lo sucedido a la megafauna australiana es uno de los misterios paleontológicos más desconcertantes del planeta. Durante años, los científicos atribuyeron las extinciones al cambio climático. De hecho, hace ya un millón de años o más que Australia empezó a aridizarse, y la megafauna tuvo que adaptarse a un continente cada vez más abrasado por el sol y desprovisto de vegetación. El paleontólogo australiano Tim Flannery sugiere que los humanos, que llegaron al continente hace unos 50.000 años, utilizaban el fuego para cazar, lo que provocó la deforestación y un profundo trastorno del ciclo hidrológico.

Según Flannery, algo muy catastrófico afectó la vida de los animales terrestres dominantes en Australia, de manera más o menos abrupta (este aspecto es objeto de discusión), hace aproximadamente unos 46.000 años, poco después de la invasión de un depredador muy inteligente que sabía fabricar utensilios.

En 1994, Flannery publicó el libro The future eaters, en el que proponía la versión australiana de la hipótesis de Paul Martin y la ampliaba con una tesis más ambiciosa. Desde su punto de vista, el ser humano, en general, es un nuevo tipo de animal en el planeta, proclive a arruinar los ecosistemas y destruir su propio futuro.

El libro de Flannery desató un gran debate. Algunos vieron en sus argumentos una crítica a los aborígenes, que se enorgullecen de vivir en armonía con la naturaleza. Pero la objeción fundamental a su tesis es que no existen indicios directos de que la es­­pecie humana acabara con la megafauna, ni tan siquiera con un solo animal. Resultaría revelador que apareciera un esqueleto de Diprotodon con una punta de lanza incrustada en una costilla, o un montón de huesos de Thylacoleo junto al carbón de la hoguera de un asentamiento humano. Tales escenarios se han hallado en el continente americano, pero no hay nada de eso en la arqueología australiana. Como ha señalado Stephen Wroe, de la Universidad de Nueva Gales del Sur y uno de los críticos de Flannery con más prestigio: «Si esto fuera un juicio por asesinato, no pasaría de la primera vista. El tribunal se reiría de la acusación».

Otra crítica al modelo de Flannery para explicar la extinción de la megafauna australiana es de carácter más mecánico. ¿Cómo es posible que unos humanos armados únicamente con lanzas y fuego erradicaran tantas especies? Una población relativamente pequeña, quizá de unos cuantos miles de habitantes, habría tenido que matar una cantidad enorme de animales dispersos en una amplia variedad de hábitats y refugios en un continente entero. La extinción es radical: por definición, no puede haber supervivientes.

 

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